Vie. Ago 14th, 2020

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Haidy Sánchez analiza la situación del Chocó – Partidos Políticos – Política

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El Covid-19, enemigo mundial invisible, poderoso y peligroso que sin más ni menos entró, descuadró, replanteó y puso a prueba a la humanidad, pero también obligó a reinventar todos los esquemas socioeconómicos, comportamentales y culturales del planeta, queramos o no, así ha sido.

Ciertamente, el virus ha impactado de diferentes formas en las esferas sociales, el común denominador de esta era pandémica ha sido, sin lugar a dudas, la sensación de desasosiego, de susto, incertidumbre y angustia colectiva que se han vivido en los últimos meses.

A pesar de esta percepción de “surrealismo”, es una realidad que el impacto de la pandemia se convierte en un verdadero reto para todos, sin excepción alguna.

El eje que me ocupa en esta columna es el impacto laboral ocasionado por la pandemia en la población chocoana. El Chocó es un departamento bastante golpeado, desde hace décadas, con grandes necesidades socioeconómicas y laborales, aspectos que han llevado a la región a una dura y cruda realidad, situación derivada de una desafiante travesía que hace parte de la cotidianidad de la mayoría de sus habitantes.

La pandemia ha expuesto las inminentes falencias del panorama laboral a nivel nacional y el departamento del Chocó no es la excepción. Las cifras y el palpitar diario muestran la fragilidad laboral que genera un desbordante desempleo y un alto nivel de pobreza en la población.

No hay que olvidar que las principales fuentes económicas del departamento son la agricultura, la pesca, la minería de oro y platino, actividades que generalmente se realizan bajo la informalidad, una situación recurrente en la población; los empleos mal remunerados también se hacen sentir y la lucha de las microempresas por sostenerse es fuerte en esta región, además de quienes no cuentan con la posibilidad de ser asalariados y carecen de protección laboral y social.

No es una exageración mencionar que las grandes empresas e industrias generadoras de empleos y de progreso brillan por su ausencia en la región, acentuando la fragilidad económica y la ruptura del tejido laboral.

En los indicadores del mercado laboral del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (Dane) se registró, durante noviembre de 2019 y enero de 2020, que Quibdó, capital del departamento, figuró con una tasa del 20,0 %, seguida de Ibagué con 18,6 % y de Florencia con 17,6 %. Los resultados arrojaron que Quibdó ocupa el primer puesto de desempleo en el país; mientras que el 2,7 % de los colombianos viven en pobreza extrema , la pobreza extrema en el Chocó es de 15,1 %.

Bajo este panorama tan cristalino en cifras y estadísticas, pero tan turbio y preocupante, que tiene a una población en medio de la pobreza tras un estancamiento económico-social, y en una crisis sanitaria deplorable, es importante pensar también en la calidad de vida y en el futuro de la región.

Hay que anotar que una generación de chocoanos vivieron una situación laboral y económica muy diferente a la actual; el progreso parecía llegar en las tres primeras décadas del siglo XX, cuando llegó el auge de la explotación de tierras y suelos del departamento, por compañías nacionales y extranjeras, un tema controvertido con opiniones en pro y en contra, pero documentaciones y registros a nivel nacional indican que económicamente se vivió un progreso económico.

Reportes e investigaciones explican que la situación de la región fue muy diferente en la segunda mitad del siglo XX, en contraste con las épocas anteriormente mencionadas. Según estos reportes, factores como la falta de estrategias para sostener la economía, el abandono del Gobierno Nacional, la posición geográfica, la desigualdad, la corrupción y la falta de infraestructura en la región desencadenaron el derrumbe de la economía.

Además, es conveniente destacar que la urgencia de ejecutar acciones para erradicar la pandemia vislumbró escenarios de dificultad que muchas familias del Chocó han vivido al no tener ingresos para solventar la crisis laboral que se ha generado.

La situación quedó registrada en un desgarrador vídeo que se vivalizó en redes sociales durante el mes de mayo, situación que sigue vigente. En el vídeo, una humilde emprendedora madre cabeza de hogar expresa su asfixiada situación económica por las deudas que tenía al no poder vender pescados en un puesto de la plaza de mercado de Quibdó.

La señora Indira Palomeque movió sentimientos de angustia e incertidumbre tan fuertes que muchos nos identificamos con ella al ver cómo esta mujer abrumada y agobiada decía que estaba “aburrida, harta, porque me voy a enloquecer. Voy a salir matando o no sé. Desde que empezó la cuarentena no he podido vender y las cosas se me dañan y tengo que botarlas. ¿Quién le soluciona los problemas a uno? Acá en la plaza del mercado no nos llegan las ayudas que dicen, cuando llegan alcanzan para cubrir una mínima parte, y el Gobierno nos dice que nos va a dar pero…”. Al ver el vídeo, muchos vimos un retrato en blanco y negro de la pobreza, desesperación, del caos y de los sentimientos de desesperanza… de crisis interna.

La crisis de la pandemia fomenta la desigualdad en la región y la población vulnerable, afectada históricamente por desigualdades sociales, es la que recibe los peores efectos. Las personas que viven del “rebusque” están endeudadas, tienen préstamos “gota a gota”, razones por las que, al igual que la señora Indira, son quienes se ven obligados a salir a trabajar en época pandémica.

Es una situación que los enfrenta al dilema de trabajar o de morirse de un infarto a causa de la preocupación por las deudas. Es ahí cuando aparecen los dilemas que presionan a muchos trabajadores y que los ha obligado a salir para buscar el sustento diario.

No quiero dejar pasar en alto la relación entre desempleo y salud mental, que además se ha estudiado en diferentes investigaciones que evidencian la relacion entre crisis económica y salud mental. El desempleo repercute directamente en el bienestar psicológico general, en la depresión y la ansiedad, lo que aumenta la prevalencia de trastornos mentales. Por eso, vale la pena preguntarnos ¿cómo está la salud mental en una de las regiones del país con mayor desempleo y pobreza?

Por tanto, quisiera constatar que el deterioro de la salud mental en el Chocó se ha observado, discutido y visibilizado tanto por entidades encargadas del tema como por profesionales expertos; se han realizado foros locales y conversatorios por redes sociales en los que se discute sobre la tensión colectiva que se vive en el Chocó, las huellas psicológicas del conflicto armado, la situación de las víctimas, pero también se habla sobre los niveles de estrés, ansiedad, violencia grupal e intrafamiliar que se ha presentado.

Tras la coyuntura que ha dejado la pandemia se ha incrementado aún más el discurso que busca soluciones basadas en estrategias de desarrollo, donde la economía crezca, sea productiva e incluyente, donde se fortalezcan las microempresas y que las empresas grandes generadoras de empleo se puedan establecer en esta región. También es necesario que las políticas de salud pública se apliquen para mejorar la calidad de vida de los habitantes de la región; y cobatir la desesperanza y el pesimismo que se vive.

Es un gran reto implementar medidas concertadas, eficaces y coordinadas que respondan a las necesidades de la región y en las que se tengan en cuenta factores que ayuden a mitigar el desempleo y la pobreza, donde el plan de desarrollo regional esté contextualizado y aterrizado a las verdaderas necesidades y realidades de la población chocoana, con un ambiente de unificación, respeto a las diferencias ideológicas y políticas de los líderes encargados de esta importante labor y donde prime el interés colectivo para abrir el camino hacia el fortalecimiento del tejido laboral de esta hermosa y encantadora región del Chocó.

Haidy Sánchez Mattsson
Twitter: @sanchez_haidy

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